La vida alrededor de los pozos de gas de Nuevo México y el nauseabundo aire causado por el fracking

Los escapes de metano y de otros gases tóxicos están contaminando el aire, lo que supone graves riesgos para la salud de las comunidades locales cuyo sustento depende del petróleo y del gas en el Estado del auge del gas de esquisto

“Mi hija padece asma. No es la única en la zona. Aquí algo va mal, la calidad de nuestro aire no debería ser así”.

Shirley “Sug” McNall se apoya contra una valla mientras mira fijamente un pozo de gas natural a unos 40 metros de un parque infantil, detrás del colegio de educación primaria donde su hija solía impartir clases en Aztec, Nuevo México. Está convencida de que la industria del gas y el auge de la fractura hidráulica o “fracking” en su Estado está perjudicando gravemente a la calidad del aire local, lo que a su vez afecta a la salud de las personas.

Sus temores se confirmaron el año pasado, cuando los satélites de la NASA identificaron una burbuja de metano sobre Aztec que era visible desde el espacio. Esta burbuja indica que durante las tareas de perforación y producción, la industria del gas natural no está capturando todo el gas que se desprende de las profundidades y que unas cantidades importantes de este metano y otras sustancias químicas se escapan hacia el cielo. McNall también cree que se están liberando otros gases más peligrosos.

El condado de San Juan, al norte de Nuevo México, lleva décadas siendo el centro una extracción intensiva de combustibles fósiles. En esta zona se extrae petróleo, gas y carbón de la tierra. Hasta ahora, mucha gente culpaba solo al carbón por la calidad deficiente del aire. Pero eso era antes de que personas como McNall y tres de sus amigas, que se apodan a sí mismas las “Cuatro abuelas”, se implicaran en el asunto y comenzaran a concienciar a los habitantes del peligro de los 20.000 pozos en su comunidad.

Estas cuatro abuelas llevan más de 20 años luchando para llamar la atención sobre la peligrosa calidad del aire en el norte de Nuevo México.

“Este es el recorrido tóxico al infierno”, comenta mientras conduce pasando por pozos antiguos y hoyos con lodos y residuos procedentes de las perforaciones y rodeados de letreros con tibias cruzadas y calaveras colocados de forma prominente.

Este recorrido lo inició en 2005, cuando identificó la mayoría de lugares contaminados producto de la industria del gas y McNall sigue mostrándolo a cualquier persona que llegue y, en sus propias palabras, “quiera contaminarse”.

Una serie de científicos corroboran los temores de McNall de que las emisiones de la industria del gas son potencialmente peligrosas. El Dr. Detlev Helmig es profesor de investigación en la Universidad de Colorado en Boulder. Su grupo trabaja con la Administración Oceánica y Atmosférica Nacional (Noaa), la NASA y otros grupos para supervisar las emisiones procedentes de la industria del gas.

Su estudio de un campo de gas de Utah demuestra que “entre el 7 y el 8 % del gas natural producido se descarga a la atmósfera”, lo que indica que las empresas de gas están liberando cientos de millones de toneladas de sustancias contaminantes directamente al aire. Las fugas en Uintah, Utah, son tan intensas, que según sus propias palabras, “el aire es peor que en el centro de Los Ángeles”.

Y en estos pozos de gas no solo se producen fugas de metano, sino de una multitud de otros gases peligrosos, conocidos colectivamente como compuestos orgánicos volátiles (COV).

Son una especie de cóctel diabólico de inmundicia y entre ellos se encuentran, por ejemplo, el benceno, que produce leucemia y otros problemas de salud, los hidrocarburos aromáticos policíclicos, que pueden provocar cáncer, y el tolueno, conocido por causar defectos congénitos en altas dosis.

El doctor John Hughes de Colorado pidió a Helmig y a su equipo que supervisaran la calidad del aire alrededor de los hogares de las personas del cercano condado de Weld en Colorado, una de las comunidades rurales en la que se hace un uso más intensivo de la fracturación hidráulica en Estados Unidos, para identificar a qué se estaban exponiendo sus residentes.

“Los niveles que estamos viendo en esa región son muy elevados con respecto a lo que habíamos esperado”, afirma.

El Gobierno estatal de Colorado ha utilizado el estudio piloto de Hughes sobre las personas que viven alrededor de los pozos de gas para crear nuevas normas que imponen que los pozos deben estar situados como mínimo a 350 metros de distancia de las residencias de las personas, una legislación que las empresas de gas siguen rechazando.

“La conclusión que sacamos de nuestro estudio es que los pacientes que viven más cerca de los pozos registran las concentraciones más altas de ciertos compuestos orgánicos volátiles en sus cuerpos”.

Hughes afirma que las repercusiones en la salud pueden ser graves. “Pueden ser desde cáncer hasta trastornos oculares y síntomas de toxicidad, como los que padecen los pacientes que he visto y que están expuestos a los pozos de gas natural”.

Las emisiones de metano tienen consecuencias más allá de las comunidades alrededor de los pozos, porque el impacto del metano en el clima es alrededor de 30 veces superior al del dióxido de carbono. Si estas emisiones “fugitivas” proceden del gas natural que se obtiene mediante la fracturación hidráulica, se cuestionaría la afirmación de que constituye una alternativa más ecológica al carbón y de que tiene un menor impacto en el calentamiento global.

Esto no es ninguna novedad para Sug Mcnall, que concluye su recorrido tóxico en una gran refinería de gas frente a un cementerio y junto a un centro de educación secundaria. El aire transporta un hedor nauseabundo que le quema la nariz y le irrita la garganta.

Para la población local, es un gran dilema, porque la industria ofrece puestos de trabajo, explica. “Necesitamos la energía, necesitamos los puestos de trabajo, pero también necesitamos nuestra salud. Si no tenemos salud, todo el trabajo y el dinero no sirven de nada”.

Fuente: the Guardian

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